Mis lectores


Había prometido hablaros de mis lectores. No olvido.

Primero, están los allegados. Esos sufridos familiares y/o amigos a quienes das un manuscrito para leer. Sí, tú crees que está casi acabado, que solo le faltan unos retoques. Después caes en la cuenta de que no es así. Gracias a sus lecturas, a que van cazando gazapos y erratas y errores y horrores. Eres consciente: te leen porque te aprecian. A esas pocas personas les doy un diez sobre diez. Y les pido disculpas. Ellos son: mis hermanas; Astrid (la más sufrida por ser, además, la encargada de corregir mi español tambaleante); Cecilia (a quien le robo algún sueño); y Marianne (sufriendo por mis incongruencias). También, Juan (mi cuñado, ¿por qué tanto acoso a los cuñados?); Isabel (mi tía, la maestra, como si no tuviera bastante con las redacciones de sus alumnos). Algunas veces, mis amigos más íntimos, Belinda y Germán (entre la espada y la pared por figurar como personajes secundarios, lo que les resta objetividad). Repito, un diez.

Después, viene el jurado. Los editores que aceptan manuscritos. Los editores a los que les puedes enviar tu archivo adjuntado en un mensaje, pero que no podrán contestarte. Jamás. Muy, muy ocupados y tienen mucho, pero que mucho, por leer. Lo tuyo, apenas nada, lo aceptan por no hacerte un feo, pero no te hagas ilusiones. Si les das un toque,han pasado los tres meses, tiempo de la respuesta, te dirán que no les encaja. Que no les gusta. Que no es momento. A esos los suspendo. Como ellos a mí.

Por último, los lectores, ¡qué divinos! Esas personas que compran el libro, que lo leen. Que hacen comentarios, que descubren detalles que ni sabías (y mira que el texto, entre escritura y correcciones, te lo sabías de memoria…) No importa si la crítica no es del todo buena, se han tomado la molestia de leerte. Y ya cuando te dicen que les ha gustado, ¡qué maravilla! Ese día engordas un poco (a mí que no peso cincuenta kilos, me viene bien).

Lectores los hay de muchas clases. Los habituales. Los cultos. Los aficionados. Los que no leen nunca pero a ti te leen porque te conocen. Los que devoran la novela en un día. Los que la leen en el tren. Los que la guardan para el verano. Los que no tienen tiempo, pero lo harán.

Más que nada, me han conmovido algunas personas que no tienen el hábito de la lectura, pero que han hecho un esfuerzo y se han tragado la novela. A esos les pongo un punto positivo. A mí, otro por haberlos conseguido. Porque mi nota global para todos mis lectores es de sobresaliente.

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