Esos escribidores…


Algunos escritores se quejan (amargamente) de que hay demasiados aspirantes. Debe de haber más escritores —casi se puede oír cómo entrecomillan la palabra— que lectores. Y así no hay quien pueda…, se lamentan los elegidos.

Pero ¿qué quieren, si amanecemos con un teclado pegado a las uñas? Algo habrá que hacer, ¿no? Ni que sean ejercicios digitales; terapia ocupacional. A escribir ya se nos enseña en la escuela (más o menos), así que tampoco es de extrañar que nos ocupemos en juntar palabras. ¿O acaso para eso también tenemos que pedir permiso?

Por si fuera poco, se nos brinda la posibilidad de abrir nuestro propio espacio, ¡un blog! Ya puestos, le damos a unas cuantas teclas y, ¡ale, a difundir por el ancho mundo! Después, las dudas: ¿me seguirán, me compartirán, me comentarán? Pero pronto nos sobreponemos. Tenemos la piel dura.

Flotando todos en la misma burbuja, a veces ocurre que nos saludamos de lejos, aunque no volvamos a encontrarnos. Otras tantas, ni eso… Pura travesía en el desierto. Luego,  entonces, momentos de desánimo, ¿para qué si a nadie le interesa?

Pero ahí seguimos intentándolo… Somos tercos, nosotros, los anónimos. Sí, perfectos desconocidos; ya, huérfanos de editor. Junta letras, azote de la buena literatura, se admite. Nos faltan tablas. Nos falta oficio. Lo sabemos.

Ah, pero nos sobra valentía.

Y la perseverancia de las hormigas.

 

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