Esa editorial ausente


No es que los editores sean malas personas, no, aunque eso pensamos —y cosas peores— cuando nos sentimos rechazados. Los editores velan por su negocio que es editar libros vendibles, al menos supuestamente vendibles (pues ellos, como humanos, a veces también se equivocan). Nuestros manuscritos de escritores —o, como me dijo una vez un editor, “de escribidores”—casi nunca prometen ganancias, ni siquiera prestigio. Es por eso que no nos abren las puertas de sus oficinas, y no porque sean, en esencia, mala gente.

Lo que nos pasa es que el rechazo nos duele, máxime si los huevos se han colocado todos en la misma cesta mientras se colaba sibilino el cuento de La lechera: “con esta novela arrasaré; esta vez no podrán ningunearme; el libro se venderá como rosquillas; podré dedicarme, al fin, a eso que tanto me gusta; escribir, solo escribir; se acabaron las penurias…”, y delirios por el estilo.

Se habla mucho de esas cartas de rechazo. No sé a vosotros, pero yo solo he recibido una (en la que se me comunicaba que mi novela no había sido seleccionada para el premio) y un mensaje de correo (en el que el editor a quien le había enviado un manuscrito tuvo el detalle de decirme que con franqueza no le había gustado cómo estaba escrito), y eso que hubo un tiempo en el que enviaba manuscritos a cuantas editoriales decían admitirlos, pero nunca obtuve respuesta, a no ser la callada.

Tampoco de eso los culpo, aunque una carta o un mensaje habría sido lo correcto, pero los supuse atascados de faena, colapsados por nuestros mamotretos. Dejé de esperar. Enterré mis expectativas entre trozos del cántaro roto, que les sirvió de urna. Con los huevos descascarrillados debí de hacer una francesa, creo. En cualquier caso, ya no ensobré más mis novelas temblorosas en paquetes de estraza, ¿para qué? De paso, eso que me ahorré en franqueo y, sobre todo, en absurdas esperas.

Seguí escribiendo, ¿por qué no hacerlo?, pero ya sin perspectivas de encontrar amparo en ninguna editorial. Escribo desde aquí, donde nadie me pide santo y seña, o bien en mis libretas, mi diarios, a veces relatos y esa tercera novela que no acabo de parir… (Si algún día la acabo —algo de lo que no estoy muy segura—, volveré a la auto edición como hice con las dos primeras, Callejón con salida y Un mono en la despensa, aunque es probable que con otras plataformas, por probar…)

No me veo en la tesitura de seguir mendigando atención para que se lea mi propuesta, y con esto no quiero disuadir —ni mucho menos— a nadie; cada cual vive su aventura de escritor como le parece; y mi experiencia no tiene por qué ser extrapolable (quizás tú escribas sobre temas más actuales, tu escritura sea más original, tu voz más propia, ¡qué sé yo!).

Supongo que no hice ese trabajo de investigación previa, al enviar mis novelas un poco al tuntún: ya sé, algo tan obvio como buscar editoriales especializadas en proyectos afines al mío. Tampoco es que las haya enviado a diestro y siniestro, al menos evité sellos dedicados a la ciencia ficción o a la novela histórica y a otros géneros y subgéneros que soy incapaz hasta de transcribir, pero seguramente no acerté ni siquiera en los destinatarios.

Claro que tampoco había donde elegir; en verdad, no son tantas las editoriales que aceptan manuscritos; basta un rastro en la red, visitando sus páginas, para comprobarlo.

Aún hoy me pregunto si, de haber investigado a fondo los catálogos de las editoriales que sí los aceptan, ¿habría encontrado mi hueco? Me temo que no…

¿No es esa, precisamente,  la labor de un agente literario? Entiendo que sí.

Entonces, ¿por qué no buscar primero a ese experto, capaz de ofrecer una obra al editor adecuado? Recuerdo haberlo intentado, con poca maña y escaso tesón (lo reconozco). Una escritora muy joven, que publica en un sello muy importante, me aconsejó llamar a las puertas de estas personas que se dedican a representar a los escritores. No lo hice. Me faltaron agallas, o la osadía que se tiene de joven y que luego se pierde por la suma de derrotas. Falta de fe (también en uno mismo).

A día de hoy, desconozco si existen agentes literarios, si han sobrevivido… (Si acaso, no pierdes nada por intentarlo.)

Publicar se sigue publicando, a pesar de la fragilidad del mercado, de la crisis y del 21 %, de la falta de lectores, etcétera.

Pero ¿dónde quedan relegados nuestros manuscritos de principiantes, si no es enterrados en los cajones de nuestros escritorios, perdidos en el maremágnum amazónico?

¿Es justo que así sea, mientras no aprendamos a escribir mejor?

Comprendo que ningún editor que se precie deba apostar por nosotros, tan noveles, tan inexpertos, a no ser por casualidad, por puro milagro, por el privilegio de algún apadrinamiento… Más bien, debemos ser nosotros mismos quienes arriesguemos el todo en defensa de nuestra escritura. Ya después se verá… Sin expectativas, sin cuentos de La lechera, sin delirios.

Aquí, en España, hay un mundo de editoriales: las grandes, de toda la vida, o succionadas por otras gigantescas y forasteras; las más pequeñas, “independientes” y monográficas, que publican cada año un montón de libros de producción nacional pero también muchas traducciones de libros extranjeros. El mercado es amplio —o podría serlo—, si consideramos todos los países hispanohablantes de ultramar, pero nunca comparable al anglosajón (por razones que no viene al caso exponer aquí y ahora, pero que me gustará analizar en otra ocasión).

Nosotros, los noveles, compartimos ni que sean unas migajas de todo ese mercadeo editorial. No vendemos grandes tiradas porque ni escribimos como dioses ni contamos con demasiados lectores (seamos realistas, no delirantes). Pero algo sí que vendemos…

Me da por pensar, a veces, ¿por qué nadie emprende una editorial para escritores-escribidores como nosotros? Y digo “editorial”, no plataforma de autoedición (de esas, sabemos, que abundan). Una editorial pequeñita, sin demasiadas pretensiones, que emprendiera la publicación de escritores principiantes (no diré “indies“) y, por tanto, desconocidos, sin escatimar en los recursos que, tradicionalmente, acompañan al escritor.

Entiendo que, de no haberse hecho ya, será porque los números no cuadren. Desde luego, no tengo ni idea del berenjenal que supondía dicha empresa, pero algo sé del empeño que le ponemos, en tanto que noveles, por vender nuestros libros… ¿Qué no haríamos si pudiéramos ofrecer estos libros nuestros, bien corregidos, bien editados, bien presentados?

No descarto que siguiéramos pagando costes de publicación, total a eso ya estamos acostumbrados. Ni tampoco excluyo que costeáramos, a medias, esos extras de correcciones, maquetaciones y diseños gráficos, como de hecho venimos haciendo. La broma no saldría barata, no, pero quizás saliera a cuenta contar con el respaldo profesional de una editorial.

El producto, nuestro libro, saldría limpio de gazapos y erratas (o casi); su estilo, depurado; estaría bien enmaquetado; luciría una portada de calidad, con su reseña redactada por otro, no por ti; y sería más fácilmente localizable (son tantas las plataformas de edición que, a veces, el cliente se pierde). Todos estos detalles, superfluos solo en apariencia, aumentarían las ventas y ampliarían el abanico de posibles lectores, más allá de nuestros familiares, amigos o conocidos.

Sí, confieso que sueño con esa editorial, casi con minúsculas, hoy ausente, que se atreva con manuscritos de escritores desconocidos. Sombras de escritores…

Comprendería que no pudiera hacerse cargo de todos los manuscritos recibidos (sería la debacle, todos a uno enviando sobres). Tendría, necesariamente, su criba (ese mínimo de calidad literaria, tal vez). Y comprendo que algunos se quedarían en el colador… Pero ¿no estaríamos dispuestos a pagar una cantidad razonable por un informe de lectura capaz de orientarnos, detectando fallos y carencias de nuestra escritura, con tal de mejorarla? Tal vez así conseguiríamos mejorar y quién sabe si a la siguiente…

Para los lectores acudir a esta editorial supondría una cierta garantía de calidad y, desde luego, sabrían que están apoyando, a creadores emergentes.

A mí, personalmente, (y ahora les hablo como lectora) me gustaría mucho. Porque ya sé que Vargas Llosa escribe bien (aunque no es un escritor de mi agrado), pero muchas veces busco libros de aquí y ahora, de gente como yo que, aunque no escribimos tan bien, tenemos cosas que decir sobre las cosas que nos están pasando aquí y ahora, o ayer y en otra parte, o mañana y en la luna. Escritores de a pie. Y preferiría pagar unos euros a ese escritor desconocido —al que, dada la inversión, tampoco rescataría de la ruina, pero sí un toque para que persiguiera en el intento— que a otro que de sobra se las apaña sin mí.

Me diréis que eso ya es posible desde hace tiempo, desde que las plataformas de autopublicación nos brindan esa posibilidad. Sí, pero yo pido una editorial, no una plataforma. Una editorial con su catálogo, sus colecciones. Una editorial que surta, también, las estanterías de las bibliotecas de barrio. Una editorial con presencia en los servicios de préstamo electrónico. Una editorial que hasta traduzca nuestras memeces a otros idiomas. Un equipo editor que nos eche una mano, mientras seguimos tecleando.

Ya sé, suena delirante, pero mientras soñar todavía sea gratis, yo sueño con esa editorial utópica y quimérica (y lo que quieras añadir), hoy por hoy, ausente.

 P.S. Si alguien sabe de su existencia, razón aquí (capaz que no me enteré y soy yo la que ando ausente). Gracias.

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