Lo estoy viendo


Llega un sobre por correo postal.

Pesadez, otro manuscrito, bufa la secretaria tirándolo a la casilla del comité de lectura.

Tardan semanas en abrirlo. Más, si andan saturados (últimamente no dan abasto).

Mientras, el escribidor se roe los puños, sin respuesta.

Al mes se decide; envía un mensaje a la editorial; al menos acuse de recibo… Ingenuo: las cartas que no suelen llegar son las que no se envían, y tú hasta la has certificado, así que…

Me quedo más tranquilo, se miente. (Seguirá royéndose los muñones.)

Un lunes (tenía que ser), dejan el sobre todavía cerrado en la mesa de Fulanito, lector profesional.

Fulanito blasfema (para sus adentros) y promete echarle un vistazo.

Un martes cumple su promesa. Desgarra el sobre acolchado, ninguneando la belleza de su caligrafía.

Hojea el manuscrito. Suerte, poco más cien folios (debidamente encuadernados).

Leerlo le da pereza (en realidad, leer no le gusta), pero se decide con mirada diagonal.

Bah, no está del todo mal, sopesa, aunque el estilo flojea.

Ojeado, lo coloca en la bandeja de los interrogantes.

Pasa otro tiempo (de suspense para el remitente; de culo para el lector, que siempre va de culo).

El escribidor llama a la editorial: ya van tres meses. Si no le han dicho nada, estará pendiente, le sueltan.

Las cosas no andan bollantes en el negocio, malos tiempos para el papel (también)… En casa del escritor, van peor (pero eso no cuenta).

Un miércoles convocan reunión, orden del día: publicar algo (novedoso, original, impactante y comercial). Se aceptan tramas, argumentos y temas. Se admiten ideas, ya luego las adaptaremos a nuestra línea editorial.

Fulanito está en entredicho (por vago y mareante). Pero tiembla ante la perspectiva de verse al pairo, él que habla de dejarlo todo y dedicarse solo a escribir, pero escribir ¿sobre qué, si no tiene nada que contar?

Saca de su portafolio el manuscrito (ajado y manoseado). No es gran cosa, pero se puede hacer algo con esto, espeta, tirándolo sobre la mesa, con desprecio.

Todos le miran, alguno piensa: mira con el enchufado…

Encárgate tú, le manda el jefe a una redactora. Cuando lo tengas pulido me lo pasas.

Ella lo coge y lo enrolla como a un diario viejo. Veré lo que se puede hacer, dice con suficiencia (aunque suspira, aliviada por la tregua. También a ella le aterra el ere…)

El escribidor, en compás de espera, sigue enviando su manuscrito a donde tengan a bien recibirlo. Poco a poco, va perdiendo la esperanza. Vuelve a corregir, tal vez no dé la talla…

En la editorial sigue el tiempo de patatas, el desánimo, a pesar de seguir publicando por encima de nuestras posibilidades (por ejemplo, medioambientales).

Un jueves, la redactora llama al corrector, ya casi lo tiene.

Un viernes el corrector se lo deja a la correctora de estilo, que lo encuentra deslabazado, sin voz propia.

Pronto estarán las galeradas, listas para imprenta. Los diseñadores han hecho un trabajo fino.

Solo queda formarlo. Comercializarlo, Venderlo.

De eso se encargan a golpe de testosterona (y alguna raya en el lavabo).

Por fin, ve la luz.

Será un éxito: la idea no valía nada, pero el producto es soberbio. Lo estoy viendo en las librerías.

El escribidor teclea con furia. Otro manuscrito. Esta vez, sin ideas, ni trama ni ná. Con estilo. Pero sin uñas. Ni puños. En muñones, con la mano apretada al corazón.

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