Lectura aleatoria


De cuando en cuando, redacté alguna reseña de lecturas y la publiqué en el blog, como se puede recordar en los ejemplos de aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí.

Desde que descubrí Goodreads, me resulta más cómodo elaborar desde ahí la lista de los libros que ando leyendo, con un breve comentario y mi valoración (de una a cinco estrellas, como en los hoteles). Después, esa lista se va publicando en mi blog, a pie de página, ¡qué inventos los de hoy!

Como lectora soy excesiva. Sí, debo confesar mi tendencia compulsiva a la lectura, no solo por la cantidad de libros que devoro —una media de tres por semana— sino por leer varios a la vez y hacerlo, indistintamente, en español, francés o catalán. Una obsesión de la que no me vanaglorio, aunque así pudiera malinterpretarse. Son, más que nada, mis circunstancias que tampoco me permiten mucho más, más allá de leer leer y escribir, si acaso, pintar o pasear, lo cual tampoco está nada mal. Pero no es de mi vida (tan limitada) de lo que quiero hablar…

Hoy, me apetece comentaros un par de cosas sobre una forma de lectura, un tanto singular, que suelo practicar y que consiste en ir leyendo un libro (novela, relato, poesía o ensayo, tanto da) de manera desordenada. Intentaré explicarme.

Hay veces que, al emprender una lectura, no consigo concentrarme, por lo que sea. No me refiero a cuando descarto un libro porque me resulta tedioso, mediocre o insoportable. Me refiero a que, aun siendo en principio un buen libro, su narración no me atrapa. Si el libro es prestado de la biblioteca, lo devuelvo y en paz. Pero si lo compré, me siento en la obligación de leerlo, como sea. Podría regalarlo, pero ¿cómo regalar un libro que no puedes recomendar por no haberlo leído?

Las más veces, acaba en la pequeña estantería del váter (sí, soy de las que leen en el lavabo), para ir leyéndolo de a ratos. Me diréis que esto no tiene nada de particular: cualquier aficionado a la lectura suele leer en cualquier parte, también y ¿por qué no? en el retrete. Después de todo es un espacio privado y silencioso.

Cierto. Pero mis libros de letrina no se leen de principio a fin. Mis libros de excusado se leen sin ningún orden, tal que así: coger el libro y abrirlo y leer la página que haya salido al azar, según el método aleatorio. Cada día una página, a veces la misma que se repite, nadie sabe por qué…

Si el libro que hemos desterrado al cuarto de baño —por supuesto, el experimento, que no tiene connotaciones escatológicas, puede probarse en cualquier otro lugar— es un recuento de relatos o un poemario, simplemente leeremos un cuento, relato o poema, sin seleccionarlo ni seguir el orden establecido, algo que ya hacemos habitualmente, sobre todo, cuando leemos en desplazamientos o en tiempos de espera. Con un ensayo, nos costará bastante seguir la tesis del autor, pero también se puede probar. Lo más divertido, desde luego, es hacerlo con una novela, porque con ese género el hilo argumental es el que tensa y justifica la narración (obviamente, experimentos literarios como el de Rayuela desmienten tal afirmación).

En concreto, yo que leo a velocidades increíbles (lo cual, repito, no es meritorio), llevo más de dos años con una misma novela. Una novela que no acabo, de la que sería incapaz de contar la sinopsis pero de la que, en cambio, sí podría citar párrafos de memoria. Una novela de la que, además, no me canso, pues su lectura, aleatoria y troceada, cada día me sugiere algo nuevo, como esa taza de café o devté en cuyo fondo “leemos” los posos.

Esa novela que estoy estirando es El pretendiente americano, que Mark Twain “redactó riendo a carcajadas”(según pone el editor de Navona, con letras muy chicas en la cubierta), traducida por un tal José Luis Piquero, quien también firma el prólogo (y de quien el editor tuvo a bien el incluir una breve reseña biográfica, lo cual, dicho sea de paso, es todo un detalle, porque así nos enteramos de la existencia de este joven poeta asturiano).

Mark Twain, lo sabéis, escribe bien. La pregunta es el porqué de mi resistencia a leer su novela como dios manda. La verdad es que no sé qué pudo haberme pasado; por mucho que lo intenté, no pasaba de las primeras páginas y, cuando lo retomaba, no conseguía entusiasmarme, a la vez que pensaba: ¿cómo puede ser posible, dejar así en la estacada una novela de un escritor de esa talla? El caso es que no parecía un relato complejo, como puede pasarnos con libros como Ulises… No. Más bien parecía una narración tradicional. Pero esas cosas pasan y no hay por qué abochornarse.

Entonces, cada día, abro El pretendiente americano, y leo un trocito. Y cada día me sorprende por lo mucho que me transmite…

Suerte tengo de no tener que presentar un trabajo, de esos que mandan en el instituto, con resumen, fichas de personajes y ese tipo de datos, porque sería incapaz, y eso que llevo dos años abriendo y cerrando la novela…

¿Inconvenientes de esta manera de leer? No te enteras del argumento (pero eso no importa tanto, puesto que desde un principio no habías conseguido atraparte, por lo que fuera).

¿Ventajas? ¡Acabas leyendo el libro!

¿Y qué se saca de una lectura así de caótica y troceada?

Bien, pues aquí llega lo interesante del invento, al menos desde mi punto de vista.

Este método de lectura, que llamaremos “aleatorio”, desde un punto de vista lingüístico y literario sirve para concentrarse en aspectos de la escritura como: uso de los signos de puntuación, cuestiones ortográficas, y otros pormenores—o no tan pormenores—, importantes para una correcta redacción; además de interiorizar la voz del escritor a base de relecturas.

Pero lo que más me fascina de la lectura aleatoria es cuando la uso como método de adivinación, como una baraja de tarot o unas runas. Abro y lo primero que leo es lo que me sirve de punto de partida para interpretar algo, ya sea de mi pasado (si ando nostálgica), de mi presente (si me encuentro más vitalista) o de mi futuro (si me carcome la ansiedad). Pongamos un ejemplo basado en la novela mencionada —al fin, liberada del enclaustramiento sanitario—. Abrimos y caemos en la página 130. Podría haber sido cualquier otra (aunque las primeras y las últimas tienen menos probabilidades); la novela tiene 223. ¿Y qué leemos?

(…) Está usted algo deprimido a causa de sus problemas y eso es lógico, pero no le dé más vueltas de la cuenta. Mantenga sus pensamientos lejos de esos problemas por el medio que sea, y cálmese. Es lo mejor para la salud. Revolcarse en los problemas es mortífero, realmente mortífero, y estoy usando la palabra más suave que se me ocurre. Debe mantener su mente distraída con otras cosas. De hacerlo.

Juro que eso fue lo que leí cuando abrí la novela, sin ningún truco. No me gustan las trampas en los juegos, y esto es un juego, como tampoco me gustan en el arte o en la vida. Y, mira por dónde, esta frase me viene como anillo al dedo (prueba de ello es mi publicación anterior…), y no solo me sirve para combatir la nostalgia sino para afrontar el desasosiego de mi presente y de mi futuro.

Haced la prueba, algunas veces resulta sorprendente…

También vale formular una pregunta. Hagamos la prueba: “¿Le puede interesar a alguien esto que estoy escribiendo?” Me sale la página 149 y mi vista cae en el párrafo que dice:

—Amigo, cuando vaya a soltar bajo la silla de un hombre una bomba que pueda lanzarlo al techo debe avisarlo de algún modo para que esté prevenido. No debería decir algo tan gigantesco como quien no quiere la cosa. Menudos sustos da usted. Siga, siga, ahora ya estoy bien. Cuéntemelo todo. Soy todo oídos, y simpatía.

(Bueno, no creo que este artículo sea ninguna bomba, pero sí me gustaría pensar que mis lectores son todo oídos, y simpatía. Y mi método de lectura aleatoria, ¿no lo podría haber difundido con algo más de bombo y platillo, y no “como quien no quiere la cosa”?)

Lo curioso, casi extraordinario, es que nunca antes me habían salido estas dos páginas, ni la 130 ni la 149.

Por cierto, mi alias en Twitter (una red que uso, pero poco) es… @bibliomancia.

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4 comentarios sobre “Lectura aleatoria

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